La comunicación con el caballo, un ejercicio de Humildad.

El caballo no miente, ni juzga, gracias a Dios. Su comportamiento siempre se muestra acorde con aquello que realmente quieren transmitir, sin segundas intenciones, sin lugar a equívocos. Son como un libro abierto que debemos aprender a leer si queremos acercarnos a ellos. La única diferencia con cualquier otra lectura debe ser una actitud humilde y positiva por nuestra parte.

El caballo como ser vivo tiende a alcanzar un estado de homeostasis, es decir, que tiende a regular múltiples parámetros para conseguir un equilibrio doble, tanto el interno como respecto del medio externo en el que se encuentra. Por esto actúa como un catalizador o espejo de nuestro estado, evitando así nuestras neurosis. Emociones básicas como la rabia, la tristeza o el miedo, hacen que se segreguen por nuestra sangre substancias llamadas neuropéptidos. Los animales los sienten, los huelen y no aceptan tal actitud ofensiva por nuestra parte. Aquí es cuando debemos entrar en un estado de meditación, no-mente, para poder relacionarnos con ellos fluidamente.
La sensación al acariciar un caballo nos ayuda a retomar el contacto con la Naturaleza y sentir que formamos parte de ella (biofilia). El caballo y la Naturaleza siempre nos aceptan, nunca resignados. En un entorno natural en el que el caballo nos ayuda a desarrollarnos como seres humanos, desestructurando los reflejos condicionados a los que estamos acostumbrados y diluyendo nuestros mecanismos de defensa, adquiridos desde hace miles de años, como seres cazadores que, en este espacio dejan de tener sentido.

Este proceso es el camino que nos acerca a una actitud de humildad. Deshacernos de lo que creemos ser, mirarnos adentro gracias a la forma en que el caballo nos devuelve la imagen de nosotros mismos, escucharnos y comunicarnos de forma transparente, desde lo que somos: un animal consciente.

Según el biólogo Edgard O. Wilson, la definición de biofilia en 1929 fue “afiliación innata emocional de los seres humanos hacia otras criaturas vivas”. Y según Erich Fromm, psicólogo social, sostuvo que es la necesidad de los seres humanos de interactuar con una cierta cantidad de otras especies, en pos de su propio bienestar y de la salud mental. Para Fromm, la ausencia de amor en la sociedad, conduce a la necrofilia (lo opuesto a la biofilia), ya que el necrófilo vive mecánicamente, convierte a los sentimientos en cosas y tiende a querer controlar la vida.

La atracción hacia otras especies, ya sean de origen vegetal, animal o humano, se ha mostrado desde hace millones de años. Por eso la biofilia sostiene que la relaciones entre el hombre y el animal ayuda a mantener niveles de comunicación profundos y necesarios para el desarrollo de la vida.

Estudios ya han demostrado que la presencia de una mascota en el hogar, por ejemplo, trae beneficios a la salud, ya que el contacto cercano con los animales, puede hacer disminuir la presión arterial o colaborar a la reducción del estrés. Y que hay personas que están en contacto frecuente con animales ingieren dosis menores de medicamentos que los que no tienen compañía de animales domésticos.

Incluso a veces los animales toman parecidos a los dueños, como la belleza, gordura o fealdad, razón por la que el animal resulta un compañero más leal que el propio hombre. Y por este motivo las terapias con animales dan resultado, ayudan a niños con dificultades motoras o psíquicas, incluso a los adultos con adicciones, con beneficios para la columna vertebral, articulaciones, elasticidad, autoestima, confianza, concentración y respeto en la relaciones.

María G.R. (fuente: Belen Franquet)

Author: Alejandra Navas

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